Copa que cae de la mesa en una noche estupida.

El silencio destruye las copas de vino tinto

cuando el ruido apacigua los gritos de los tontos

que rieron cuando te fuiste de los muebles patéticos

que lloraron cuando el trago se tragó las consciencias

que se pierden en los ocasos de las noches penquistas

y en el amanecer azulino del mar de la costa absurda

del corazón que lloró cuando viste la verdadera verdad

que es la que se libera de las gónadas de los hombres

ensuciando las manos de las mujeres amarradas

al pasado sexual de los padres traumados

que lloran por sus hijas putas

en sus pseudohogares

vírgenes

muertos

a ratos

cínicos

destrozados

cínicos

a ratos

muertos

que

destruyen

la sencillez

de la existencia

traumando el desenlace de la vida.

“¡Oh, Dioses! ¿Puede darse mayor delito que introducir entrañas en las propias entrañas, alimentar con avidez el cuerpo con otros cuerpos y conservar la vida dando muerte a un ser que, como nosotros, vive?”

Pitágoras.